Hacía tiempo que buscaba a un hombre… “interesante”. Paula lo notó, y me introdujo a este tipo. Era perfecto: Inteligente, cuerpo esbelto, fuerte, viril; sensible y, seguramente, varios ingredientes más que ahora no recuerdo. Porque como no podría ser de otra manera, después de alguna que otra salida, caí en el enamoramiento típico que acostumbramos las mujeres. O algunas. El se acomodaba el pelo que le caía sobre la cara y yo suspiraba; me sonreía con complicidad y yo me disponía a hacer lo que me pidiera. Así de estúpida me puse…
Y acá viene lo peor, como siempre. El sexo y el amor nunca van de la mano. Este axioma me acompañó toda una vida y pude confirmarlo a partir del empirismo que lidera mis actos. Con este tipo la vida NO me sonrió. Las primeras incursiones en el zarandeo sexual fueron interesantes. En fin, el joven deportista sacudió las sábanas a lo loco y dedicó sus largos minutos a intentar satisfacerme. Por supuesto nunca lo logró.
Difícil en el round inicial cuando una hace lo imposible por gustar, probar, ascender y descender. Soy un espécimen de acto hiperactivo. Luego, no debería enojarme si el sujeto en cuestión empieza a aplastarse, ¿no?
El hizo lo que todo hombre hace: se acomodó, aquietó la sangre y aburguesó su sexo, el mío y el de los alrededores. ¿Debería haber hecho un reclamo de necesidad y urgencia? ¿Una demanda judicial? Bueno, no hice nada de eso. Seguí recibiendo en cuentagotas su espasmo paupérrimo. Y en la vida cotidiana, El era un sol… ¿¿Por qué?? Yo quería aunar fuerzas y que su cuerpo me masacrara como yo necesitaba. Mas no.
Tan poco timing sexual poseía El que ni siquiera notaba que el incendio –al que ya de por sí tengo en mis entrañas- nunca se apagaba. El creía que yo llegaba al clímax de placer, o tal vez le importaba nada. El asunto es que el chico adoraba la repetición de esa misma pose siempre y eyaculaba con felicidad a expensas de mi furia frustrada. Tan poco feeling tenía El que no se daba cuenta de la calentura que me quemaba. Y tuve que tomar cartas en el asunto. Cuando el atleta se levantaba con urgencia para lavarse –y yo lo único que quiero es guardar el olor a hombre para toda la vida en mi cuerpo- cualquier vestigio líquido, yo buscaba el placer perdido. Así como quedaba, tiradita y desnuda sobre la cama, deslizaba mi mano izquierda sobre la zona más caliente de mi cuerpo. Y en menos de treinta segundos –temporalidad literal- lograba lo que El no llegaba a rozar. Mi espalda se arqueaba tanto que temía que se me quebrara. Y los gritos atragantados me quemaban la glotis. El nunca se enteró. Pero yo seguía bajo los efluvios del enamoramiento…
Una tarde sonó mi teléfono. Era “ojos negros”, alguien del pasado. Y sí, su negrura me pudo y acomodamos un encuentro furtivo para que me pusiera a tono. Le pedí discreción total y “ojos negros” me la dio. Franqueó la puerta de mi casa y me tiró sobre la cama. Sin medir palabra. Furia y sometimiento, lo que necesitaba. Me arrancó la bombacha y desde abajo me espió con la mirada negra. Me empapé. Me alzó y me llevó a la cocina. Me sentó sobre la mesada y así, con sus dedos marcados en mi cadera, logró que gimiera hasta decir basta.
Por supuesto, esa misma noche, el otro, El, el perfecto, se esmeró. Pareciera que los hombres huelen la testosterona residual en mi cuerpo que luego logra encender a los muertos en vida. Y a la hora de la revuelta sexual hizo de todo. Pero claro, ésta única vez- La cama y el enamoramiento con El, no funcionaron. Lo mejor que pude hacer fue retirarme con dignidad.
El sexo y el amor nunca van de la mano. Bueno, a no ser que aparezca el “Elegido”, ese hombre que luego de encender mis mejillas y mi transpiración hasta el paroxismo, da vuelta su cuerpo para que le rasque la espalda, para luego abrazarme por detrás y en medio de la noche, agarrarme la cara con sus manotas de muñecas agigantadas, besarme los ojos, la boca, toda, y decirme que me ama para toda la vida. ┼